El dolor emocional forma parte de la experiencia humana, aunque muchas veces intentemos evitarlo a toda costa. La ansiedad, la tristeza o el sufrimiento psicológico pueden llevarnos a alejarnos de nuestra vida sin darnos cuenta. En este artículo descubrirás cuál es la trampa de la evitación, por qué puede aumentar el dolor emocional y cómo aprender a relacionarte mejor con lo que sientes.
Cómo el dolor aparece en tu vida
«No puedo más con esto.»
«Antes hacía las cosas sin pensar y ahora todo me cuesta un mundo.»
«No entiendo por qué me siento así si en teoría tengo motivos para estar bien.»
«Solo quiero dejar de sentir esta angustia.»
«Estoy agotada de luchar contra mi cabeza.»
«Hay días en los que no quiero ver a nadie.»
«Sé que debería hacer cosas, pero no tengo fuerzas.»
«Evito ciertos sitios, conversaciones o planes porque sé que después me voy a sentir peor.»
«Ya no sé si estoy viviendo o simplemente sobreviviendo.»
Es posible que, si estás pasando por una situación de ansiedad, tristeza o angustia, estas frases te resuenen. Y es que hay momentos en la vida en los que se pasa mal, muy pero que muy mal, en los que el malestar no solo aparece de forma puntual, sino que se instala y parece teñirlo todo, haciendo más difícil incluso las cosas más cotidianas.
Cuando el dolor emocional aparece, estoy segura de que lo primero que haces es poner en marcha mil y una maneras de quitártelo de encima. Entonces, casi sin darte cuenta, tu vida empieza a girar alrededor de una idea: “dejar de sentir dolor”. Como si estuvieras montada en una atracción de feria de la que no puedes bajarte, donde todo gira demasiado deprisa, sin pausas, y tu energía se va en intentar frenar algo que parece no tener freno.
Y tiene sentido. Nadie quiere sufrir.
Dolor emocional: Cuando evitarlo te aleja de lo que importa
Cuando el malestar aparece por la puerta y decide instalarse, empiezas a poner en marcha estrategias para intentar echarlo de casa:
- Evitas hacer planes o encontrarte con ciertas personas.
- Pospones tareas.
- Te aíslas.
- Buscas distracciones constantes.
- Reduces al mínimo las situaciones difíciles.
- Le das vuelta a lo que ha ocurrido una y otra vez.
- Esperas a “sentirte mejor” para volver a seguir con tu vida.
Al principio, esto puede darte cierto alivio, y tiene sentido, porque a corto plazo te funciona. Es una sensación breve, pero muy potente, porque confirma la idea de que “así estoy mejor”. Ahí es donde aparece la trampa de la evitación. Con el tiempo, te darás cuenta, si es que no te lo has dado ya, que el dolor vuelve, incluso, vuelve más fuerte, porque aquello que intentabas apartar no desaparece, sino que encuentra nuevas formas de aparecer y de ocupar más espacio, y es, entonces, cuando tu vida empieza a hacerse más pequeñita.
Posiblemente has dejado de hacer muchas cosas que hacías antes, has dejado de compartir tiempo contigo misma y con las personas que te importan, has dejado de disfrutar, de ir a sitios o a eventos, de estar presente en momentos importantes… Y ese alivio que encontrabas al principio termina convirtiéndose en una trampa: lo que parecía una buena estrategia para dejar de sufrir, acaba causándote mucho más dolor, porque no solo no elimina lo que duele, sino que además te va alejando de la vida que quieres vivir.
Por qué intentar evitar el dolor no funciona
Tenemos la mala costumbre de tachar al dolor como el malo de la película y a la felicidad como la superhéroe a la que todos quieren y admiran, como si una fuera completamente incompatible con la otra y como si vivir bien implicara necesariamente no sentir malestar.
Hemos aprendido que la mejor opción es deshacernos de él cuanto antes, porque de esta forma, alcanzaremos ese final feliz que todo el mundo desea, como si el objetivo de la vida fuera un estado permanente de bienestar sin fisuras ni altibajos.
Pero espera.
Te voy a hacer un spoiler de esta película: vas a tener que empezar a sentarte, de vez en cuando, a tomar un café con tu dolor, ya que intentar deshacerte de él sería como deshacerte de tu propia sombra.
Puedes tratar de cambiar de dirección, correr o intentar ignorarlo, pero seguirá estando ahí, acompañándote en distintos momentos, porque no es algo que se elimine, sino algo con lo que inevitablemente convives mientras avanzas por la vida.
La búsqueda constante de felicidad y el miedo al dolor
Uno de los problemas que hay hoy en día es que hemos aprendido a entender la felicidad como una meta final, un lugar al que llegar y en el que, una vez alcanzado, deberíamos permanecer para siempre, como si la vida fuera una línea recta que termina en un estado estable de bienestar continuo y sin interrupciones.
La realidad es otra.
Sentir felicidad es un estado temporal, igual que la tristeza, la ansiedad o el miedo, que aparece, se intensifica, disminuye y se transforma en función de lo que vivimos y de la manera en la que nos relacionamos con lo que estamos viviendo en cada momento.
Cuando no conseguimos aquello que queremos, sufrimos. Y cuando lo alcanzamos, la sensación de alegría y satisfacción que aparece al principio, se acaba desvaneciendo con el tiempo. A veces, incluso, aparece la indiferencia, no porque deje de importarnos, sino porque nos acostumbramos a lo que antes era novedad.
Por eso, entender la felicidad y el sufrimiento como si fueran categorías opuestas y excluyentes solo puede generarnos todavía más frustración, porque nos empuja a pensar que algo está fallando cuando aparecen emociones difíciles o cuando la intensidad emocional cambia.
La realidad humana no funciona así: Si algo te importa, también puede hacerte sufrir.
El dolor emocional forma parte de la vida
La vida duele. A veces duele mucho, de formas que descolocan, que cansan y que parecen no dejar espacio para nada más. Pero si no lo hiciera, no tendría ningún sentido. De la misma forma que concebimos el día porque existe la noche, hay sensaciones agradables porque existen otras desagradables, y es precisamente esa alternancia la que nos permite reconocerlas y darles significado.
Porque cuanto más nos importa algo, más vulnerable nos hace. Amar implica riesgo, porque no hay vínculo sin posibilidad de cambio, ausencia o distancia. Vivir implica pérdida, no solo en términos de personas, sino también de etapas, de versiones de nosotros mismos y de certezas que se van quedando atrás. Conectar con lo que nos importa implica arriesgarse a que salga bien o a que salga mal, y a veces también a no tener control sobre el resultado.
No hay una vida plena sin cierta dosis de dolor. No porque la vida esté “mal diseñada”, sino porque está profundamente ligada a lo que valoramos. El dolor aparece, precisamente, en los lugares donde nos implicamos de verdad, donde nos importa lo que hacemos, lo que elegimos y lo que compartimos. Y cuanto más nos abrimos a vivir con sentido, más nos exponemos también a la posibilidad de que algo duela.
¿Y si el problema no es sentir dolor emocional?
¿Y si el problema no estuviera tanto en esos pensamientos o emociones que aparecen a veces, sino en la forma en la que reaccionamos ante ellos, en el lugar que les damos dentro de nuestra vida y en lo rápido que intentamos eliminarlos como si fueran un error que hubiera que corregir?
Hay muchas cosas en la vida que hacemos aún sabiendo que implican esfuerzo o incluso miedo. Vamos al dentista aunque no nos guste y nos cause algo de nerviosismo. Nos hacemos analíticas o pruebas médicas a pesar de la incomodidad que suponen. Vamos al gimnasio al día siguiente, a pesar de las agujetas. Estudiamos aunque aparezca estrés o la pereza inicial. Trabajamos aunque haya días difíciles y no estemos al cien por cien.
Aceptamos ese dolor emocional porque entendemos que forma parte de algo valioso, que está al servicio de algo que nos importa o que tiene sentido para nosotros.
Quizá vivir también implique aprender a hacer espacio a ciertas emociones difíciles, en lugar de esperar a que desaparezcan para empezar a vivir, ¿no crees?
Cómo aprender a relacionarte mejor con el dolor emocional
Aceptar el dolor emocional no significa resignarse ni rendirse. Significa dejar de luchar constantemente contra aquello que forma parte de la experiencia humana para poder volver a conectar con tu vida, tus valores y las personas que te importan.
Porque quizá la solución no sea dejar de sentir, sino aprender a sostener aquello que sientes mientras sigues avanzando, sin que eso determine cada una de tus decisiones ni te aleje de lo que es importante para ti.
Si sientes que el dolor emocional, la ansiedad o el sufrimiento psicológico están limitando tu vida, pedir ayuda psicológica puede ayudarte a entender lo que te ocurre y encontrar nuevas formas de relacionarte contigo misma y con tus emociones, de manera más flexible, para que el malestar deje de ocupar tanto espacio en tu vida.




